Opinión

Atentados contra periodistas: en Sonora no hay impunidad

En un país donde el 90 por ciento de los asesinatos de periodistas -y vaya que el recuento es largo-, quedan en la total impunidad, es notable el trabajo realizado por la Fiscalía General de Justicia del Estado.

para los casos de Reynaldo López y Carlos Cota, así como el de Santiago Barroso.



Los primeros, atacados en lo que todo parece indicar de acuerdo con las pesquisas hasta ahora realizadas, en una malhadada confusión de la que sólo pudo sobrevivir, milagrosamente, Carlos Cota; Barroso fue baleado a las puertas de su domicilio en San Luis Río Colorado, por el esposo de una mujer con la cual sostenía una relación amorosa.



En ninguno de los casos, los atentados tuvieron que ver con el ejercicio de la profesión de las víctimas y si bien es razonable que se detonaran todas las alertas por tratarse de un ataque armado contra periodistas, y que el gremio tomara la calle para exigir justicia y una investigación seria, profesional y concluyente, también es claro que los atentados intentaron ser capitalizados por algunos para cobrar agravios, reales, imaginarios o convenencieros.



Ninguno de los tres colegas atacados tenía antecedentes de malas prácticas en el periodismo. Sus perfiles son limpios, ni siquiera cubrían hechos relacionados con temas escabrosos: Carlos, periodista deportivo; Reynaldo, locutor y publicista; Santiago, más concentrado en temas sociales y políticos, y sólo eventualmente abordaba hechos de nota roja.



En el caso de Carlos y Reynaldo, la Fiscalía General sin descartar del todo la línea de investigación relacionada con sus trabajos, privilegió la de relaciones afectivas de uno de ellos con personas ligadas a actividades ilícitas. El carro que abordaban al ser atacados pertenece a una persona con antecedentes criminales. Nunca se dijo que los colegas estuvieran relacionados con esas actividades, pero el auto pudo ser el motivo de la confusión.



Eso sirvió, sin embargo, para levantar protestas argumentando que la fiscalía estaba criminalizando a los colegas, una práctica por cierto, muy usual en otros casos.



Finalmente la Fiscalía resolvió el asunto comprobando sus pesquisas iniciales y capturando a cinco personas relacionadas con los hechos.



En el caso de Barroso, aunque la fiscalía tuvo desde un principio elementos contundentes sobre la identidad y los motivos del homicida (el colega se lo dijo a su esposa segundos después de haber sido baleado), no reveló alguna línea de investigación preponderante.



Y algunos se dieron vuelo aventurando conclusiones apresuradas y repartiendo culpas, ya hacia el gobierno estatal, ya hacia el gobierno federal, al grado que terminaron haciéndose de palabras durante la manifestación gremial, cuando aún no se sabía, por cierto, el desenlace de la investigación.



Cuando se supo que el colega fue asesinado por un asunto relacionado con su vida privada, ámbito delicadísimo y que suele no tocarse hasta que deriva en una tragedia, todos aquellos que ya estaban linchando a las autoridades guardaron un discreto silencio.



No les tembló la voz para sugerir toda suerte de especulaciones, señalamientos y acusaciones sin fundamento, pero sí enmudecieron frente a esa otra realidad que al menos en los dos casos de agresiones a periodistas en Sonora, se trabajó con eficiencia y diligentemente; usando toda la capacidad instalada en los laboratorios de inteligencia policial y con el personal más aplicado, para que los crímenes no quedaron impunes.



Este martes, el presidente de la República estará en San Luis Río Colorado, tierra del malogrado Santiago Barroso. Seguramente los sanluisinos estaban preparando algún tipo de protesta por el crimen del periodista, pero la rápida investigación y la captura del autor material e intelectual del atentado, probablemente atemperarán los ánimos.



Insisto, no se trata de aplaudir o celebrar el hecho de que las autoridades hagan su trabajo y lo hagan bien. Pero tratándose de crímenes contra periodistas, donde la constante es la impunidad, es grato saber que en Sonora no hay cabida para ello.



II



Sobre reaccionaron los actores de la cosa pública en el país, al abucheo del que fue objeto el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. El asunto es anecdótico, pero va más allá de eso.



Dibuja a un presidente fuera de los escenarios controlados y en los que él mismo ha propiciado abucheos contra gobernadores. Documenta de alguna forma la irredenta vocación de los mexicanos para estar jodiendo a los detentadores del poder, por lo menos a mentadas, abucheos, memes, chistes, cartones, albures…



Ni un presidente se ha salvado de eso y Andrés Manuel no tendría por qué ser la excepción.



Su legitimidad está fuera de toda duda, como lo está el hecho de que ya en el ejercicio de su gobierno, ha ido sumando detractores más allá de los que naturalmente tiene, por razones obvias y que se agrupan en las filas de quienes fueron apabullados en las urnas.



Estos últimos presuponen que el abucheo al Peje es el principio del fin de su gobierno.



Los apoyadores del presidente, por su parte, se mantienen en la posición de que los ataques provienen de la mafia del poder y la prensa y el equipo fifí, descalificando a cualquiera que no le aplauda, desestimando la existencia del disenso y asumiendo que los famosos 30 millones de votos son la sentencia que mandó al resto de los mexicanos al calabozo del silencio.



Ni una cosa ni la otra son completamente ciertas.



Tampoco es una buena señal esa de que en adelante, la competencia política tenga como parámetros los decibeles del abucheo en la plaza pública, contrastando con los decibeles de las porras.



¿Se acuerdan cuando abuchearon a Guillermo Padrés en la inauguración de las Fiestas del Pitic en 2013? Fue entre cómico y trágico verlo dirigiendo a sus propios abucheadores: “Ahora por aquí”, decía, dirigiéndose a una parte de la concurrencia. “Ahora por acá”, seguía, dirigiéndose al otro lado.



Y aquellos que no pensaban abuchearlo, se fueron sumando al coro hasta hacer de aquello una estridencia de rechazo.



Algo así le pasó al presidente. El abucheo creció cuando él mismo acusó a la gente en el graderío de ser parte del equipo fifí, de manera que aquellos que no estaban sumados a la silbatina, lo hicieron. Y el abucheo se escuchó horrible, la verdad. Los gritos de ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera”, debieron golpear de fea manera el ego de quien se regocija con las imágenes en las que indígenas, campesinos, pueblo en general aparece besándole la mano.



Difícilmente, en lo sucesivo, el presidente volverá a un estadio, a una plaza pública donde la concurrencia no esté debidamente acreditada y quizás sea momento de repensar eso que en sus primeros tres meses fue visto como una excelente idea: viajar en vuelos comerciales.



Es posible que en adelante, en cualquiera de esos eventos, haya alguien que lo increpe, que lo cuestione, que le eche a perder la fiesta de legitimidad, o más grave aún, que ponga en riesgo su integridad, echando por tierra la idea de que el pueblo bueno siempre lo estará cuidando.



No romanticemos el liderazgo. Es el presidente de la República y su seguridad es un asunto de Estado. Después de lo ocurrido en el estadio de los Diablos Rojos, este tema debe ser tratado como tal.



III



Este martes, la alcaldesa Célida López presentará su gobierno paritario: 13 mujeres y 12 hombres en los puestos directivos de su administración, un tema que fue parte de su campaña el año pasado.



Apenas el viernes anterior, la Red de Mujeres en Plural otorgó reconocimientos a varias mujeres que ocupan cargos de elección popular, entre ellas la gobernadora Claudia Pavlovich y la alcaldesa Célida López, su homóloga de Guaymas, Sara Valle Dessens, así como a diputadas federales como Lorenia Valles; locales como Alejandra López Noriega y Ernestina Quintero.



También a otras mujeres que ejercen su liderazgo desde organismos autónomos de gobierno, dependencias diversas y organismos de la sociedad civil. El tema del empoderamiento femenino es ya, sin duda, parte imprescindible de la agenda política en el país.



Y en Sonora se marcan pautas, desde que, a propuesta de la gobernadora, adquirió rango de ley la equidad de género para que los partidos postularan candidatas y candidatos en una relación de 50 y 50 por ciento. Y, a reserva de equivocarme, Hermosillo es el primer ayuntamiento que ha integrado un gabinete con esa relación.