Opinión

El difícil arte de ser gobernante

UNO DE MIS autores favoritos –trece libros en total y un montón de artículos--,

cuyo tema versa sobre el manejo real del poder en gobierno, es Carlos Tulio Matus Romo, nacido en Chile, donde fue Ministro de Economía, Fomento y Reconstrucción durante el gobierno de Salvador Allende y fallecido en Venezuela a donde lo exiliaron luego de dos años en prisión, murió joven de 67 años.
De entre sus libros rescato “El líder sin Estado Mayor. La oficina del gobernante”, que usted puede, si gusta, encontrar en este link, (72 de sus 190 páginas) http://cigob.org.ar/wp-content/uploads/2016/07/Lider-web.pdf
Debe ser lectura obligada para cualquier candidato, sin duda alguna. A manera de probete le transcribo unos cuantos párrafos:
El líder está en una jaula, aislado, prisionero de la corte complaciente que controla los accesos a su importante persona. Su jaula es de cristal, transparente y bien iluminada, aunque algunas zonas pequeñas, opacas y sombrías, lo protegen de la observación pública. Es un hombre sin vida privada, siempre en la vitrina de la opinión ciudadana.
El palacio de gobierno es cómodo y dorado, tan amplio como un país, pero tenso, vulnerable y acosado. En él, la vida del líder se asemeja a una actuación teatral agotadora, interminable. Está obligado a representar un papel que no tiene horario. No puede aparecer siempre ante los ciudadanos que representa y dirige como realmente es, ni transparentar sus estados de ánimo. Debe fingir y disimular. A veces debe engañar y mentir como un actor habituado a protagonizar con fidelidad y maestría distintos papeles.
La verdad no es su objetivo, es un recurso que utiliza según sea su eficacia en cada momento. Debe elegir entre la verdad, la mentira y el silencio, de acuerdo a los costos y los beneficios. Sabe que no tiene vida privada y hasta el menor detalle de sus actos puede convertirse en noticia y crítica. Todo lo que hace tiene un costo y un premio que aumenta o disminuye su capital político. Cada minuto de su vida pesa en el examen que rinde ante diversos jurados. Todo error es explotado y todo acierto es devaluado por sus oponentes.
Ninguna actuación suya escapa a este juicio implacable. Y ese juicio es con frecuencia irresponsable, parcial, apasionado y, a veces, cruel, además de injusto. El gobernante es objeto de la calumnia y del elogio exagerado. El error, propio de cualquier humano, se explota como escándalo en el caso del líder. El mundo de la política no es generoso ni solidario; es competitivo más allá de los límites de la ética. Aún para el líder más duro, esta tensión sería mortal si no pudiera refugiarse esporádicamente en la intimidad de su camarín, la pequeña zona opaca de su jaula. Allí están sus placeres y sus vergüenzas, junto con su círculo de amistades que le ofrece soporte emocional cálido y privacidad.
De manera que el dirigente alterna su trabajo agobiante entre la salida a escena, cegado por las luces que iluminan el teatro de su representación política, y el refugio que le depara la intimidad de su círculo de protegidos en la media luz tenue de un rincón de la jaula de cristal. Allí descansa, se retira de escena y deja de actuar. Pero él no puede elegir la duración y oportunidad de cada salida a escena ni el tiempo de cada momento de refugio y descanso. Tiene sólo un control parcial de su tiempo y de su atención. Su vida le pertenece a medias. El público que sigue su representación entra en su casa y en su oficina, comparte su vida con el ídolo que admira o la cabeza visible que odia. Y si la organización del líder es deficiente, ese control de su tiempo y su privacidad es muy débil.
Es un hombre acosado por las presiones y las urgencias. El ciudadano común sube gradualmente la cuesta empinada de su vida, sólo con su propia carga a sus espaldas. Para llegar a su meta dispone de toda su existencia. El líder, en cambio, lleva sobre sus hombros la carga de todos, debe subir una pendiente abrupta en un tiempo limitado de gobierno, y para ello cuenta con herramientas de trabajo heredadas, de pobre eficacia.
Es un ciclista que pedalea la mayor parte del tiempo en el aire, sin aproximarse al objetivo. Su bicicleta es inapropiada y él, su conductor, no está entrenado para esa dura tarea. Tiene las mismas 24 horas que el ciudadano común, aunque acumula sobre sí los problemas más diversos, pequeños, grandes, rutinarios, nuevos y sorprendentes que afectan el colectivo social. Comparte los problemas de muchos hombres y esos hombres adquieren derechos sobre su tiempo y su vida privada. Acepta y ofrece compromisos cumplibles e incumplibles.
Con esa sobrecarga de atención sobre su vida diaria, sólo capta algunos problemas, quizá los menos importantes, si ellos explotan ruidosamente y golpean por penetrar el cerco que protege el uso de su tiempo. Las señales de alarma del sistema político son inversamente proporcionales a la importancia de los problemas. Los problemas menores son ruidosos y molestan persistentemente, llaman de inmediato la atención del gobernante y de la prensa.
En cambio, los grandes problemas ceban en silencio su bomba de tiempo. Lo que va silenciosamente mal, pasa desapercibido a pesar de su trascendencia. En cambio, los pequeños problemas se agrandan amplificados por las señales de alarma, la proclividad al inmediatismo y la superficialidad de los medios de comunicación.
Hasta aquí, es que es un libro muy bueno, descriptivo y cierto.
Recuerdo cuando Miguel Ángel Murillo, siendo secretario de gobierno me comentaba que es tanta la chamba que al principio atendía los llamados de sus amigos pero con el costal a cuestas, y cuando no atendía esos llamados, poco a poco se les formó en sus mentes la idea de que ya no quería hablar con ellos, etcétera y se pierden así amistades de años.
O cuando en su momento, Memo Silva quien llegó a estar en una posición similar, me comentó lo fácil que era para un novato en estas lides de estar en gobierno el subirse a un ladrillo y sufrir una transformación radical. De allí tantas actitudes que padecimos en tiempos de Pedrés.
Y sobre todo los jóvenes, que por cierto, abundan en este gobierno de Claudia Pavlovich y quienes deben pensar seriamente en bajarse de ese adobe que se construyeron. Pienso que el tiempo los bajará en su momento.
Lea a este autor, se lo recomiendo.
EN FIN, por hoy es todo. Mañana le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con 30 años de experiencia en medios escritos y de Internet, cuenta con posgrado en Administración Pública y Privada.
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